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1849

El tomate que no estaba

Madoz resumió el campo de Villacorta en cuatro palabras: algo de trigo y centeno. Ni patatas ni hortaliza. Hoy el pueblo hace un festival del tomate.

Todavía sin fotografía. ¿Tienes una?

De Villacorta, el diccionario de Madoz escribe una columna entera. Cuenta las casas, el clima, los vientos, las enfermedades, dónde estaba el cementerio y de dónde bajaba el agua. Y cuando llega al campo, lo resuelve en cuatro palabras:

prod.: algo de trigo y centeno

Ahí acaba la lista. No hay patatas, no hay legumbres, no hay hortaliza, no hay frutales. En un pueblo de 26 casas cuyo terreno el propio diccionario califica de inferior calidad.

Los vecinos sí tenían más

Esas cuatro palabras solas no dicen gran cosa. Al lado de las de los pueblos de alrededor, leídas todas de su propia entrada, se ve el tamaño de lo que falta.

Becerril, El Muyo, El Negredo, Valvieja, Francos y Ribota tienen patatas. Estebanvela tiene “muchas y buenas frutas”. Saldaña de Ayllón, abajo junto al río, tiene “toda clase de legumbres”, y en otra línea de su entrada aparece por qué: el Riaza lo atraviesa y sus aguas sirven para el riego de las hortalizas.

De hortaliza, en toda la ladera, hay un solo pueblo: Serracín. Y con el matiz de Madoz delante, que no regala nada — “poco y mal trigo, centeno y algo de hortaliza”.

Villacorta y Martín Muñoz de Ayllón son los dos únicos que ni siquiera dan patatas.

Y el tomate, en 1849, estaba en otra parte

En los dieciséis tomos del diccionario la palabra tomate aparece 39 veces. Sale en Valencia, en la vega de Motril, en Málaga, en Jaén, en Sevilla, en la Puebla Nueva de Toledo —“más de 130 huertas, que entre otras hortalizas producen ricos y abundantes tomates, de los que se provee la corte”—, en el mercado de Madrid, en la costa gallega y en Asturias.

Ninguna de las 39 es de la provincia de Segovia.

No es que el tomate fuera desconocido. Era lo contrario: en la entrada de Valmaseda, el diccionario se para a razonar sobre la comida y da por hecho que ya es refrán —“llegándose a decir que con tomate no hay mala cocinera”— y deduce, con buen olfato, que en el siglo XVI todavía no se usaba. A mediados del XIX el tomate llevaba dos o tres generaciones entrando en las cocinas españolas.

Lo que pasa es que entraba por las vegas. Aquí arriba, a 1.100 metros, entre sierras y con los vientos del sur, no había llegado.

Lo que hay entre aquella línea y hoy

Nada escrito, y esa es la parte honesta de esta historia.

Entre el “algo de trigo y centeno” de Madoz y el Festival del Tomate de Altura no hay ni un documento consultable sobre la huerta de este pueblo. No se sabe cuándo se plantó aquí el primer tomate, ni quién lo trajo, ni de dónde salió la simiente, ni qué se hacía para salvarlo de las heladas de junio.

Y sin embargo eso pasó, porque el sábado 5 de septiembre de 2026, en la primera edición del festival, se juntaron aquí tomates suficientes para montar un concurso con tres categorías.

El pueblo cuyo campo cabía en cuatro palabras hace un festival de lo que aquellas cuatro palabras no incluían.

Esto lo sabe alguien, no un archivo

Lo que falta aquí no está en ningún tomo. Está en la memoria de quien tuvo huerto en Villacorta, o vio el de su abuela.

Cuándo se empezó a plantar tomate en el pueblo. Cómo se llamaba la variedad que se guardaba de un año para otro, y quién guardaba la simiente. Dónde estaban los huertos, y si se regaban del arroyo o a cubos. Qué año hubo que arrancarlo todo por una helada tardía.

Cualquiera de esas cinco cosas vale más que esta página entera, porque ninguna está escrita en ningún sitio. Si te sabes una, aquí está cómo contarla.

Los pueblos de esta historia

¿Sabes algo de esto? Lo que hay escrito sale de fuentes públicas, y lo que falta está en la memoria de la gente de estos pueblos. Cuéntanoslo .

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