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Becerril visto desde la ladera en noviembre de 1983: el caserío, el camino que entra al pueblo y el mosaico de parcelas cerradas con muros de piedra

De la Edad Media a hoy

La hacendera

Había un día en que el pueblo entero salía a arreglar lo que era de todos. Tenía nombre, calendario y reglas. Y sigue estando en la ley.

El diccionario lo dice en una línea: «trabajo a que debe acudir todo el vecindario, por ser de utilidad común». Viene de facienda, lo que hay que hacer.

Eso era una hacendera. El día en que se avisaba al pueblo y el pueblo salía. Se arreglaban los caminos antes de la siega, se limpiaba la fuente y el reguero antes del riego, se abría paso a la nieve en invierno. Y cuando hacía falta más, también se levantaban las presas, los puentes, los molinos, los palomares y los lagares: lo que no tiene dueño y se estropea igual.

Es una institución medieval, y no era una fiesta ni un favor. Era una obligación, y de las serias: un tributo que se pagaba en trabajo en vez de en dinero.

Tenía reglas, y bastante precisas

No era «el que quiera, que venga». En los sitios donde se ha conservado por escrito, la hacendera está regulada casi como un impuesto, porque en el fondo lo era.

En Sebúlcor, aquí en Segovia, la ordenanza fija quién va —los mayores de dieciséis y los menores de cincuenta— y cuántas puede haber al año, que no pueden pasar de veinte. Al que no acudía se le cobraba en metálico. Y al terminar el trabajo se repartía vino y escabeche, que es la parte que nadie regula y que todo el mundo recuerda.

El calendario que mandaba

Lo que no he encontrado es el calendario de hacenderas de estos pueblos: qué tocaba en cada época del año. Esas fechas iban en las ordenanzas del concejo, y las ordenanzas de los concejos pequeños casi nunca se conservan.

Pero sí existe, tallado en piedra, el calendario que mandaba sobre todo lo demás. Está al sur de esta misma sierra, ya en Guadalajara: la portada de la iglesia de San Miguel de Beleña de Sorbe, de finales del siglo XII o principios del XIII, despliega una arquivolta de catorce dovelas con los meses del año y el trabajo de cada uno. Enero es la matanza del cerdo. Marzo, un hombre podando los sarmientos. Abril, una muchacha con ramos de flores. Julio, la siega. Agosto, la trilla. Septiembre, la vendimia. Octubre, acarrear el vino nuevo. Noviembre, los bueyes arando.

Ese es el calendario del trabajo de cada casa. Y la hacendera iba en sus huecos: entre la poda y la siega, después de la trilla, antes de que llegara la nieve. Nadie convocaba al pueblo entero en agosto.

Y sigue estando en la ley

Esto es lo que más me ha sorprendido de todo lo que he leído. No es una costumbre muerta que haya que rescatar de un libro: es una figura legal vigente, y está en un sitio tan poco romántico como la Ley Reguladora de las Haciendas Locales. Se llama prestación personal y de transporte, y ocupa sus artículos 128 a 130.

Dice esto:

  • La pueden imponer los ayuntamientos de hasta 5.000 habitantes, para obras de competencia municipal. Riaza tiene 2.131. Está dentro.
  • Están sujetos los residentes, salvo los menores de 18 y los mayores de 55, las personas con discapacidad, los reclusos y —la ley sigue diciéndolo— los mozos mientras estén en filas cumpliendo el servicio militar.
  • No puede pasar de quince días al año ni de tres seguidos, y se puede redimir pagando el doble del salario mínimo.
  • El que no va sin haber pagado la redención, paga esa cantidad y otra igual de sanción, y se le cobra por vía ejecutiva.
  • Hay también una prestación de transporte para quien tenga vehículos afectos a una explotación en el término: cinco días al año como mucho, nunca seguidos, y redimible por el triple del salario mínimo.
  • El ayuntamiento tiene que cubrir el riesgo de accidentes de quienes acuden.
  • Y los días los fija procurando que no caigan en la época de más trabajo del término municipal.

Ese último punto merece pararse. Es exactamente lo que dice la piedra de Beleña de Sorbe ochocientos años antes: lo de todos se hace cuando lo de cada uno deja hueco. Cambia el soporte y no cambia la idea.

Así que la hacendera, con sus edades, su multa y su seguro, sigue escrita. Lo que se dejó de hacer no llegó a derogarse. Simplemente se dejó de hacer.

La obligatoria y la voluntaria

Y hay una segunda puerta, más discreta, que está en la Ley de Bases del Régimen Local cuando enumera los derechos y deberes de los vecinos.

Por un lado confirma la primera: es deber del vecino «contribuir mediante las prestaciones económicas y personales legalmente previstas a la realización de las competencias municipales». Esa es la hacendera obligatoria, la de la multa.

Pero justo antes dice otra cosa. Que el vecino participa en la gestión municipal también «cuando la colaboración con carácter voluntario de los vecinos sea interesada por los órganos de gobierno y administración municipal».

Es decir: la ley contempla las dos. La hacendera que se impone, con su ordenanza y su sanción. Y la hacendera que el ayuntamiento simplemente pide, sin obligar a nadie. La segunda no necesita más trámite que quererla.

Quién sería hoy el vecindario

Hay un detalle que cambia bastante las cosas y que conviene saber.

La ley dice que «los inscritos en el Padrón municipal son los vecinos del municipio» y que esa condición se adquiere en el mismo momento de la inscripción. Vecino es el empadronado, ni más ni menos.

Y el sujeto de todo esto no es el pueblo: es el municipio. Desde 1979 Villacorta no es municipio, es uno de los diez núcleos de Riaza, y por tanto hay un solo padrón. Significa que hoy una hacendera en el camino de Villacorta no sería una cosa de Villacorta: sería de Riaza, y podría convocar a cualquiera de sus vecinos, del núcleo que sea. Y al revés.

Con Ayllón, en cambio, no: cada municipio con el suyo. La comarca no es sujeto de nada; el municipio sí.

Cómo se llama aquí

Y aquí tengo que declarar lo que no sé, que es lo justo.

«Hacendera» es el nombre que se usa en buena parte de Castilla, y está vivo hoy mismo en el nordeste de Segovia. En Turrubuelo, el 14 de agosto de 2024, un grupo de vecinos pintó el local municipal —las antiguas escuelas, que usan de salón social— y montó un jardín; lo llamaron hacendera. En Casla la convocaron el ayuntamiento y la asociación del pueblo para limpiar una fuente. Y en Sebúlcor, ya se ha visto, la tienen con ordenanza.

Lo que no he podido confirmar es cómo se llamaba en Villacorta. No aparece en ningún papel que haya visto, y no me vale suponerlo, porque en cada valle cambia. Si alguien de aquí lo recuerda —el nombre, quién avisaba, si era con la campana, qué pasaba con el que no iba— me lo dice y lo corrijo con su nombre al pie. Aquí está cómo, y también sirve dejarlo en los comentarios de la publicación de Instagram o de Facebook.

Por qué se dejó de hacer

La respuesta está en el decreto que borró estos pueblos del mapa administrativo.

En 1979, los ayuntamientos de Villacorta, Becerril, El Muyo y El Negredo pidieron ellos mismos que se les incorporase a Riaza. El motivo que alegaron, y que está escrito en el Boletín Oficial del Estado, fue «lo exiguo de la población, debido a una fuerte corriente emigratoria» y no poder mantener ya los servicios mínimos obligatorios.

Ahí está. Una hacendera necesita vecinos a los que convocar. Cuando el pueblo se queda en unas pocas casas abiertas, no hay a quién tocar la campana, y los servicios pasan a un ayuntamiento que está en otro sitio. No se perdió la costumbre: se perdió el concejo que la convocaba.

La última que hubo aquí, aunque nadie la llamó así

En enero de 2014 Villacorta se quedó sin agua. Lo escribí entonces en un blog que tuve, y lo he encontrado ahora al recuperarlo. Publiqué el día 8 que el agua salía sucia del grifo desde hacía tres días, y el 11 añadí esto:

Los vecinos del pueblo de Villacorta solucionan el problema por falta de presión en el depósito del agua. Tras ocho largos días sin abastecimiento de agua […] al fin y tras diez minutos de trabajo se ha conseguido lo que ni un ayuntamiento ni un operario municipal han sido capaces.

Lo escribí como una queja. Doce años después lo leo y veo otra cosa: una hacendera. Sin campana, sin ordenanza, sin nombre y sin nadie que la convocara. Unos vecinos que estaban allí y un depósito que llevaba ocho días atascado.

Eso es lo que queda de una costumbre cuando se deja de contar: no desaparece del todo, reaparece de vez en cuando sin que nadie sepa cómo se llamaba.


Esta pieza está a falta de una palabra

Y no es una forma de hablar: falta el nombre. Todo lo demás de aquí está sacado de un boletín oficial, de un diccionario o de una ordenanza que se puede ir a leer. El nombre que se usaba en Villacorta no está en ningún papel, y solo puede darlo alguien que lo oyera en casa.

Si es tu caso —o el de alguien de tu familia—, cuéntalo. Se corrige aquí arriba, con tu nombre al pie o sin él, como prefieras. Es exactamente como está hecho el resto de esta web: cada cosa, con su fuente detrás.

Los pueblos de esta historia

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Foto: LBM1948 · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons · provisional, pendiente de foto propia